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Hace 101 años se promulgó nuestra máxima ley, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, el 5 de febrero de 1917. Esta ley en el “México de hoy” es la más difícil de reformar, a diferencia del “México de un solo partido”. Según la misma Constitución, para podérsele cambiar algo, se requiere del voto aprobatorio de por lo menos dos terceras partes de la Cámara de Diputados, la Cámara de Senadores y de al menos 17 Congresos Estatales; y bajo esas características ningún partido político puede hacerlo por si solo.

 

En el México del Régimen Presidencialista y Uni Partidista, la Constitución fue reformada en reiteradas ocasiones, bastaba sólo que el Presidente en Turno tomará la iniciativa y su partido juntaba todos los requisitos para cambiarla.

 

La crisis del Presidencialismo mexicano se refleja en la misma redacción de la Constitución realizada en las últimas reformas. Hay teóricos constitucionalistas que señalan que la Carta Magna debe de ser breve, y no tan extensa, que debe solamente enunciar derechos y obligaciones y las especificidades deben de estar en las leyes reglamentarias, y quizás tienen razón. Ciertamente nuestra máxima ley es muy extensa, pero es producto de la desconfianza al poder absoluto de la Figura Presidencial, es decir, es la crisis del Presidencialismo.

 

¿Por qué la autonomía de tantas instituciones está en la Constitución? ¿Por qué el derecho de la oposición a existir está en la misma? ¿Por qué esa ley detalla la implementación de Sistemas del Estado Mexicano? Y la respuesta a todo ello se encuentra a que, “si no estuviera en la Constitución, el Presidente con las facultades que hoy tiene, fácilmente pudiera violar autonomías, extinguir opositores y resetear sistemas”. Quizás necesitamos un nuevo pacto social, una nueva constitución, que acabe con ese régimen Presidencialista y nos lleve a otro que nos permita tener una ley más breve, y que no tengamos el temor de que el Presidente pudiera hacer y deshacer con las Instituciones, o peor aún, “mandarlas al diablo”, sino se enuncian en la misma.

Esta es una tarea más para quienes participamos en “Por México al Frente”, un nuevo régimen que no sea Presidencialista, requiere una nueva o reformada Constitución.